Apenas siete horas antes de que aviones estadounidenses irrumpieran en el cielo de Caracas y una operación relámpago pusiera fin al largo ciclo político de Nicolás Maduro, el Palacio de Miraflores acogía una escena que ahora adquiere un valor casi crepuscular. En uno de los salones del poder bolivariano, Maduro recibía a una delegación china encabezada por Qiu Xiaoqi, enviado especial de Pekín para América Latina, acompañado altos funcionarios del Ministerio de Exteriores de la superpotencia asiática. Del lado venezolano, además de Maduro, estaba la vicepresidenta Delcy Rodríguez. El comunicado oficial hablaba de “hermandad inquebrantable”, de resistencia frente a las “medidas coercitivas unilaterales” y de un Sur Global decidido a defender su soberanía.
La reacción de Pekín tras la captura de Maduro tardó en llegar. No fue hasta el sábado por la noche (hora local) cuando el Ministerio de Exteriores chino se declaró “profundamente conmocionado” y condenó “enérgicamente el flagrante uso de la fuerza” por parte de Estados Unidos contra un Estado soberano.
El comunicado seguía el manual básico de condena diplomática del Gobierno de Xi Jinping: acusar a Washington de violar el derecho internacional y amenazar la paz regional, sin ningún anuncio de represalias o de una respuesta coordinada con otros aliados (Rusia e Irán) en apoyo al régimen chavista.
El domingo, después de que Maduro pasara su primera noche recluido en el centro federal Metropolitan Detention Center de Brooklyn, desde Pekín sacaron otro comunicado pidiendo la “liberación inmediata” del líder venezolano y de su esposa, Cilia Flores. “Las acciones de EEUU violan claramente las normas básicas que rigen las relaciones internacionales y contravienen los propósitos y principios de la Carta de las Naciones Unidas”, reiteraron.
En las últimas horas ha habido muchas especulaciones sobre la casualidad -o no- de que la operación militar estadounidense coincidiera con una visita importante de emisarios chinos en Caracas. Desde Pekín, respondiendo a la consulta de este periódico, un funcionario de Exteriores señala que el viaje estaba programado como una gira regional por varias capitales latinoamericanas para presentar a los países la hoja de ruta política sobre América Latina y el Caribe que China ha publicado recientemente. En los últimos años, el gigante asiático ha expandido su influencia por la región, desplazando a EEUU como el principal socio comercial de muchos países latinoamericanos.
La relación entre China y Venezuela se ha mantenido como una alianza sólida en el plano sobre todo político. En el terreno comercial, Caracas sigue siendo un proveedor relevante de petróleo para la segunda economía mundial. En los últimos meses de 2025, los chinos habrían absorbido cerca del 80% de las exportaciones petroleras venezolanas. Aunque China es con diferencia el mayor comprador de petróleo de Venezuela, esta nación representa solo el 4% de sus importaciones totales. Al igual que ocurre con otros socios sancionados como Rusia e Irán, el país asiático compra crudo con grandes descuentos cuando le conviene y utiliza intermediarios diseñados para esquivar las sanciones internacionales.
Pero Pekín hace tiempo que cerró el grifo al régimen de Maduro en cuanto a préstamos multimillonarios, rescates financieros o ambiciosos proyectos energéticos que sí fluyeron durante la década pasada, cuando China se convirtió en el principal acreedor de Venezuela.
Ahora, la prioridad económica para el Gobierno de Xi en la región pasa por mantener vínculos comerciales profundos y rentables con otros países como Brasil, México, Chile o Perú, donde se pueden hacer negocios sin el lastre de las sanciones. Días antes de la operación militar estadounidense, la Administración de Donald Trump sancionó a empresas de Hong Kong y China continental por evadir las restricciones a la compra de petróleo venezolano.
Aunque los medios estatales chinos estuvieron cargando en sus editoriales y columnas del domingo contra la acción militar estadounidense en Venezuela, también hay voces dentro del país asiático que creen que Pekín tirará de su habitual pragmatismo y se adaptará rápidamente al nuevo escenario que se abre en Caracas, tratando de proteger sus intereses energéticos y negociando con quien controle Venezuela.
“Cuando la ley de la selva reemplaza a las normas internacionales, ninguna nación soberana está a salvo”, señalaba el último editorial de la agencia estatal Xinhua. “Las acciones de EEUU arrancaron por completo la máscara hipócrita de la lucha de Washington contra el narcotráfico, exponiendo el verdadero rostro del imperialismo. Primero, inventa acusaciones para destruir por la fuerza a un gobierno soberano, derroca su régimen y luego permite que su propio capital entre y saquee sus recursos naturales”.




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